
De repente, Joseba y Josechu se encontraron tomando partido en la gran guerra de España, también conocida como la guerra del Progreso. Después de perpetrar no menos de una docena de veces el pecado nefando, como era preceptivo entre las huestes del Progreso, se adentraron al centro de la ciudad en busca de material que les ayudara a implantar la democracia en España. Al llegar a un céntrico bar, tras saludar a varios camaradas embuchados en el uniforme de policía regional socialista, preguntaron por género pacificador, siendo pronto agasajados con sendas carretillas repletas de material y dos gorras oficiales del Frente del Progreso, serigrafiadas con un contundente ‘Me cago en Dios ‘en la visera y un ‘somos de izquierdas’ en el frontal. Además de las gorras, fueron obsequiados con el uniforme revolucionario socialista del Progreso, que consistía en un chándal a listas con los colores del arco iris, en clara referencia a la homogeneidad sexual que se respiraba ya desde hacía décadas en la totalidad del frente socialista. El uniforme castrense que rápidamente se enfundaron Joseba y Josechu se diferenciaba del de la policía socialista en que el de estos últimos presentaba las rayas en horizontal. Según la elite socialista al frente del Ministerio de la Guerra, estos uniformes eran los más indicados para resaltar el carácter soplapollesco de los combatientes socialistas. Y eso era algo indiscutible. Antes de comenzar a mover sus carretillas para dirigirse a zulos próximos donde poder preparar sus campañas democráticas, distinguieron en la carretilla varios globos de colores y un par de chupa-chups. Ni cortos ni perezosos, inflaron media docena de globos y los ataron a las empuñaduras de las carretillas; los chupa-chups se los introdujeron por vía rectal. Se trataba de un acto proletario fuera de toda discusión, el sufrimiento se convertiría, con el tiempo, en placer. Ellos y la totalidad del Frente del Progreso lo sabían. Una vez puestos en marcha llegaron a un zulo de confianza. Se encontraba en una habitación contigua al despacho del alcalde de la ciudad. En la España del Progreso y las libertades se combatía desde todas las instituciones contra el fascismo, y era desde los propios despachos de los elegidos por el partido –antiguamente lo eran por el pueblo- donde se almacenaba el material democrático. Joseba y Josechu depositaron en tan curiosos almacenes su arsenal de pistolas y bombas, armas infalibles para implantar el Progreso en la España del Ciervo. Eso debía estar ahí para que todo el mundo lo tuviera a mano en caso de un posible ataque fascista. La democracia merecía semejantes sacrificios, eso nadie lo dudaba. Exhaustos después de tamaño esfuerzo, se chuparon la polla y se fueron a tomar por culo. La guerra casi estaba ganada…
En la antigua sede provincial del partido fascista en una de las actuales provincias socialistas se dieron cita varios de los máximos dirigentes del frente tresporcentista, incluido dentro del Frente del Progreso. En dicha reunión se discutía un chivatazo suministrado por uno de los múltiples héroes anónimos del Frente del Progreso: en el mercado central se vendía carne de cerdo que no procedía de las provincias catasunas.
Para vengar tamaña afrenta fue trazado un plan milimétrico que haría pagar a los infiltrados fascistas su atrevimiento. En primer lugar se haría tragar a los tenderos fascistas todas sus chuletas de cerdo con hueso incluido. Tras el regüeldo de rigor se les haría gritar un ‘¡visca Catalonia!’ seguido de un ‘¡Barca, Barca, Barca!’. En caso de sobrevivir a semejante tortura, serían marcados en la frente con un hierro incandescente con la forma de un burro catalán. El triunfo del socialismo era un hecho en las recónditas provincias tresporcentistas, el Frente del Progreso era allí tan fuerte que hasta los burros hablaban en dialecto autóctono.
El Frente del Progreso que permanecía en Castilla se había atrincherado en los alrededores de la casa de Campo de Madrid, auténtico vivero de socialistas y de gentes del progreso. Como en una de tantas famosas películas del pregolpista Almodóvar, el frente de guerra estaba copado por putas , chaperos y demás gente de buen vivir. El socialismo era una forma de vida en sí misma, como ya había comentado hacía meses la ideóloga del Jabugo y del partido, una tal Maruja Barranco, y era vivida con auténtico regocijo por las hordas del Progreso. Mientras maleantes y saqueadores, verdadera vanguardia intelectual del Progreso, diseñaban el plan estratégico de Progreso para España durante los próximos años, las gentes de la cultura, a falta de espectadores para sus engendros teatrales y cinematográficos, se daban a los percebes y las ostras para intentar calmar su ansiedad socialista, siguiendo al pie de la letra los dictados de una famosa familia hollywoodiense española. Una vez bien cebados, se dirigían a la cheka central para ayudar en sus planes a los dirigentes socialistas. Intentando acelerar la consecución del socialismo total en la España del Progreso, estos mandamases apoyados en tan certera asesoría, habían sentado las bases de su plan más ambicioso: importar no menos de 500.000 palestinos menores de 25 años en un plazo nunca mayor a los 6 meses. Aprovechando que el Ministerio para la Inmigración había pasado del ‘papeles para todos’ al ‘Bocata de calamares y Kalashnikov’, la población socialista española sería bendecida para los restos con esta feliz ocurrencia. Aparte de eso, la guerra no tardaría en decantarse del lado de los demócratas del Progreso.
Contra el Frente del Progreso se enfrentaba el Frente Fascista. A pesar de que no se conocía su exacta localización en España, el ejército del Progreso no bajaba la guardia. Muchas veces, en su ánimo por implantar la democracia, los progresistas ajusticiaban a sus propios camaradas. Por equivocación, claro. Parecía, en ocasiones, que los fascistas fueran un enemigo invisible que sólo aparecía, como por arte de magia, gracias al pluscuamperfecto órgano de propaganda que dirigía realmente al Frente del Progreso. A pesar de esto, las pistolas y las nucas persistían en su particular enfrentamiento. Era el progreso, era el socialismo…

Como no podía ser de otra manera, una despreciable participante de la campaña capullos blancos vuelve a poner de manifiesto que ser socialista y proetarra es algo de lo más normal dentro de la izquierda española. En esta ocasión una actriz de tercera, conocida por su aparición en un sinfín de bodrios nacionales, al ser