Los días se sucedían lentamente en las naciones que conformaban las Españas. La ciudadanía, feliz por vivir en el socialismo, trabajaba denodadamente para hacer progresar a sus respectivas naciones.
Después de la guerra civil que consiguió erradicar el fascismo de las Españas, el socialismo más escrupuloso había conseguido asentarse rápidamente en las gentes que consiguieron sobrevivir a la gran guerra por el progreso. Los postulados estalinistas habían sido rápidamente desarrollados por las piaras de dirigentes socialistas que lucharon por la democracia chekista.
Tras varias décadas de progreso rutilante, la familia de Indalecio y Dolores había conseguido ahorrar una pequeña fortuna gracias a su proletario esfuerzo. Dios les había bendecido con tres enjutas hembras por hijas, lo cual, en los tiempos actuales, era toda una suerte. Dolores, que había pasado su juventud prostituyéndose en vecinas naciones capitalistas, se jactaba ante el vecindario de tener a sus tres hijas colocadas en el extranjero imperialista -en dura pugna con las camaradas rusas y rumanas- produciendo euros gracias a su estajanovismo forniciatorio.
Eulalia, una de sus vecinas que se ganaba la vida limpiando los suelos de una cheka cercana, trabajo que había logrado gracias a su brillante expediente académico como doctora en marxismo científico, le solía comentar a Dolores que lo que hacían sus hijas era un gran servicio a la patria, que se trataba, sin duda ninguna, de una entrada de divisas enorme que, al tiempo, dejaría a los enemigos capitalistas de las Españas sin dinero para promover el fascismo por el mundo entero.
A pesar de que el noble oficio de puta era algo normal en el barrio –y no sólo en ese barrio, sino el resto de países de la órbita estalinista-, existía un convecino que renegaba de tales prácticas de manera airada y reiterativa. El camarada Vladimiro les echaba constantemente en cara que esos ingresos no fueran puestos totalmente en manos del partido para que los repartiera de la manera tan equitativa como acostumbraba. Vladimiro era consciente de que esa falta de disciplina socialista era la simiente del capitalismo más salvaje –porque el capitalismo es siempre salvaje, por definición…-, que podría, con el tiempo, mandar a pique lo que había costado tantas décadas construir.
Mientras su mujer puta y sus hijas reputas alegraban las conversaciones del vecindario, Indalecio lucía aquél día la mejor de sus sonrisas. Después de haber trabajado sus reglamentarias ocho horas junto a sus 4.000 compañeros de fábrica, había cogido el vehículo familiar, un motocarro con ruedas de madera, y marchaba a un huerto ilegal de un camarada. Allí se reunían unos cuantos camaradas para practicar la mayor de sus aficiones: las peleas de gallos. Los allí presentes disfrutaban de los ingresos extras que les proporcionaban las putas de sus familias y, desde hacía apenas un año, no se veían forzados a comerse los gallos al poco tiempo de que hubieran nacido y los podían utilizar para unas cuantas peleas.
Dentro de esa entrañable estampa de paz y progreso transcurría la apacible vida de la familia de Indalecio. Sin embargo, él seguía echando de menos a su único hijo varón, Dimitri Estanislao, que había sido llevado a la tierna edad de 7 años a un gulag cercano para ser reeducado. El triste incidente había sucedido hacía ya más de una década, mientras Indalecio y su hijo Estanislao hacían cola frente al ultramarinos del barrio con la cartilla de racionamiento familiar en la mano. Debido a la abrumadora maquinaria socialista que garantizaba el bienestar de las Españas del progreso, Indalecio y su hijo consiguieron llevarse a casa medio kilo de huesos de aceitunas y un par de kilos de alfalfa, cantidades que, según el partido, mantendrían en forma física y espiritual a toda su familia. De retorno a casa se cruzaron con un alto jerifalte del partido escoltado por una cuadrilla de policías del partido, matones a sueldo que velaban por la integridad moral de los valores socialistas. Dimitri Estanislao fue duramente mirado por uno de los matones y, cuando les habían rebasado ya en unos 20 metros, sacó un hueso de aceituna de la bolsa y se la lanzó a uno de ellos. Acertando de pleno en su intento y percatándose el jerifalte de susodicha acción, el prepúber fue llamado al orden y enviado a un centro de reeducación para curar su indisciplina. Desde entonces nunca había vuelto a saber de él, pero a pesar de su añoranza, su corazón bullía por dentro de felicidad al saber que su vástago habría alcanzado unas cotas de rectitud socialista inimaginables en su barrio.
Aquella tarde, después de que su gallo hubiera perdido un ojo al ser picoteado por el animal de su camarada Jordi Aitor, llegó a su casa para compartir cena con su mujer. Mientras ella preparaba un exquisito guisado de raíces de pino, él encendió la radio para escuchar el noticiero socialista. Su ilusión era conseguir una televisión, de momento reservadas en exclusiva a los dirigentes del partido, pero tampoco se quejaba de que el partido hubiera regalado a cada familia un transistor de fabricación angoleña como método para que los valores progresistas fueran adecuadamente transmitidos a todos los socialistas de las Españas. Poco después de encenderlo, y tras escuchar una bonita canción de un tal Víctor Manuel dedicada al osito Misha, el noticero del partido comenzó a explicar cómo en la vecina Francia se había comenzado a permitir las uniones civiles entre maricones, muestra clara de la degeneración del mundo occidental.
El socialista Indalecio recordaba cómo, desde su propio partido, en los años previos a la guerra, se perseguía a estos desviados para prevenir la descomposición de la sociedad socialista. En aquellos tiempos, también gracias al partido socialista, se prohibió el voto de las mujeres, problemática que había sido resuelta definitivamente poco tiempo después, ya que no era necesario que votara nadie. Para él era un motivo de orgullo que durante los últimos años la convergencia económica y social de los países socialistas con el mundo moro fuera un hecho. La perfecta sintonía entre los postulados socialistas actuales y los musulmanes de toda la vida era un hecho. El enemigo imperialista se encontraba en una difícil encrucijada, ya que el entendimiento entre los progresistas estalinistas y los progresistas mahometanos estaba empezando a fructificar de manera evidente. De hecho, uno de los dirigentes de una de las muchas Españas, un tal Rodrigovich –muy famoso entre el pueblo porque su abuelo había fallecido de muerte natural-, se reunía con frecuencia con un descendiente directo de la España progresista de Al-Andalus, un tal Benito Laden. Juntos habían diseñado ya las líneas maestras del próximo plan quinquenal del progreso islamosocialista. Su meta principal era conseguir que los millones de habitantes de la Europa estalinista y del mediterráneo yihadista aprendieran a hablar catalán de manera obligatoria desde los 3 años de edad, algo cuyo incumplimiento conllevaría la ejecución en plaza pública, alianzadora costumbre judicial que hacía ya tiempo se había introducido con mucho éxito dentro de los países socialistas.
Hablando catalán y comiendo mierda se fortalecía el espíritu de las gentes que residían dentro del mundo islamosocialista. Al enemigo capitalista le sería casi imposible derrotar a una sociedad tan bien pertrechada para el progreso. Con la baza del catalán nunca hubieran contado….
Era de prever, dos colectivos socialistas por antonomasia, los gitanos y los homosexuales, libraron una 