Un sol de justicia se adivinaba mientras el avión aterrizaba en el aeropuerto de El Prado. Una vez anclado el finger al lateral de la aeronave, me dispuse a salir por la puerta delantera, no sin antes cerciorarme de que llevaba conmigo mi equipaje de mano: dos enormes sacas que, sin duda ninguna, ayudarían a que mi estancia fuera más que placentera en la colonia española conocida como Burrocatalonia.
Al acercarme a la cinta de recogida de equipajes, me apresuré a coger un carrito para depositar mis dos sacas y la maleta que posteriormente cogí de la cinta transportadora.
Mientras me dirigía a la salida del aeropuerto, comencé a percatarme de la evidente división entre colonos y burrocatalanes que parecía reinar en aquellas lejanas provincias tresporcentistas. Pronto adiviné que los aborígenes del lugar, invadidos hacía ya siglos por las hordas de conquistadores a cuya estirpe yo pertenecía, comenzaban a hacer reverencias a mi paso, muestra inequívoca de la supremacía de la raza invasora y del gran respeto que hacia la misma sentían los cuasi subhumanos burrocatalanes.
Pronto comprendí que mi superioridad ética, moral, espiritual, intelectual y física podría depararme pequeños inconvenientes durante mi breve estadía en aquella remota región. Al esperar junto a la parada de taxis a que llegara mi limusina, comencé a darme cuenta que los especímenes burrocatalanes llevaban, seguramente grabado a hierro candente, un burro en la frente. La mayoría de ellos, al divisarme, pronto se daba cuenta de que pertenecía a la estirpe de los conquistadores, y se lanzaban como posesos a besarme los pies, y cuando intentaba quitármelos de encima a manotazos, me llenaban de lametazos hasta el hombro. Por suerte, como ya me habían prevenido, portaba mis dos sacas repletas de céntimos de Euro, y abriendo una de ellas lancé por toda la acera varios puñados de monedas, momento en el cual los burrocatalanes se desentendieron de mi ilustre persona y se lanzaron a una guerra a muerte entre sí por el control del mayor número de céntimos de Euro.
Una vez montado en mi limusina, divagando sobre la divertida peripecia acaecida con las hordas burrocatalanas del aeropuerto, mandé al chófer que, por supuesto, era un colono –también llamados catalanes-, que parara frente a una ortopedia. Allí adquirí un par de brazos de plástico y me dirigí hacia mi hotel, donde pude descansar tras tanto ajetreo burrocatalanista, no sin antes pedirle a mi chófer que para el día siguiente me recogiera en un coche descapotable.
Mientras me dirigía a mi habitación, volvió a sucederme lo mismo que en el aeropuerto, es decir, estrechaba la mano entre saludos cordiales a los catalanes, y me veía rodeado por energúmenos con el dibujo de un burro en la frente, de los que me tenía que desprender lanzando céntimos de Euro a mi paso.
Al día siguiente, junto a la entrada de mi hotel, ya esperaba un espectacular descapotable pintado con dos franjas rojas y una amarilla. Me monté en la parte trasera, acompañado de mis dos sacas y mis dos brazos de plástico. Le ordené al chófer que arrancara y se dirigiera al sitio convenido. Mientras marchaba por las céntricas calles de la capital burrocatalana, me coloqué en el centro del asiento trasero del descapotable y dispuse una saca de monedas sobre cada uno de los asientos laterales que permanecían vacíos, haciendo éstos, a la misma vez, de contrafuerte para los brazos ortopédicos, que sobresalían enormemente por encima de las puertas traseras del descapotable.
Durante el recorrido hacia mi destino, pude distinguir nítidamente el último edificio vanguardista de la capital burrocatalana, conocido como la torre ‘Alá Akhbar’, donde en la actualidad se impartían clases de reciclado para turistas mahometanos, con el fin de que aprendieran de las costumbres burrocatalanas, y poder pronto demostrar el respeto y la admiración que la raza de los conquistadores y los catalanes merecían.
Durante la interminable travesía al centro de reunión por excelencia de los burrocatalanes, conocido como Campo Nuevo o Nuevo Campo –había que pronunciarlo siempre en el orden que más ridículo sonara en cada momento-, me vi continuamente parado y admirado por turbas de burrocatalanes que me lanzaban continuamente pétalos de rosas al descubrir que era un conquistador quien montaba en el descapotable. Yo, que ya había previsto esta situación, lanzaba con desenfreno puñados y más puñados de céntimos de Euros, mientras dejaba que dichos especímenes besaran con denuedo los brazos ortopédicos, donde yo había colocado, respectivamente en cada uno de ellos, un anillo con la inscripción del águlia de San Juan y otro con el dibujo de la cruz de San Santiago. Los muy jodíos picaban como palomas, dejando el metal anular con enormes babas colgando, muestra inequívoca de la estima y el aprecio que seguían sintiendo por los conquistadores.
Al llegar a mi destino, centro neurálgico de adoctrinamiento burrocatalán, me encontré con una marea humana que se encontraba de pie frente a una enorme tarima. Mis acompañantes catalanes me llevaron hacia ella, donde habría de dirigir unas breves palabras a los aborígenes que disfrutaban de la invasión desde hacía siglos.
Una vez subido a la tarima, donde todos los invadidos burrocatalanes podían divisarme, rápidamente noté cómo todos ellos se arrodillaban, justificada pleitisía que recibía en nombre de la gloriosa raza de los conquistadores. Acto seguido agarré el micrófono y pronuncié unas breves palabras. A continuación, aquellos descendientes de la gran invasión que acaeciera hace ya tantos siglos, se pusieron de pie, y todos al unísono y a grito pelado, repitieron mi mensaje de manera inequívoca, produciendo que me quedara durante largos segundos subsumido en un éxtasis carpetovetónico inigualable. Tras recuperarme de la impresión, y siendo plenamente consciente del éxito de mis palabras sobre las hordas burrocatalanas, volví a repetirlo: ‘¡Arriba España! ¡Arriba siempre!’

