Una hilera de cayucos se aproximaba lentamente hacia las costas de Las Indias. La expedición, liderada por Alí Ben Kojón, conseguía, finalmente, alcanzar su ansiado destino. Tras varios meses de remar incansablemente, provistos únicamente de criadillas de dromedario y agua de lluvia, la avanzadilla musulmana arribaba a nuevos territorios donde poder inocular su cosmovisión progresista.
Mientras el batallón de cayuqueros islámicos descendía pausadamente de sus embarcaciones al posarse sobre la orilla de la playa, al fondo, en lo alto de un precipicio, un pequeño escuadrón indígena les observaba con detenimiento. Los líderes de la tribu indiana, encabezada por Chamaquito de Maracaibo y su hijo, Peyote Hiperverborreico, intercambiaban impresiones acerca de las medidas a tomar.
Tras deliberar extensamente, los aborígenes se acercaron a la playa a recibir a la bendición divina que tenían por visitantes.
Ben Kojón reconoció rápidamente que el nivel de progreso de sus anfitriones podría superar fácilmente el suyo propio, por lo que decidió, de manera precavida, agasajar a Chamaquito con todas las criadillas sobrantes de su travesía transoceánica. Chamaquito, conmovido por el gesto, utilizó un manojo de sanguijuelas para dar cumplida réplica a tanta amabilidad. A continuación decidieron sentarse y disfrutar conjuntamente de tan opíparos manjares. Tras disfrutar de semejante intercambio culinario, moros e indios se incorporaron y se declararon la guerra. El progreso era el progreso.
Tras batallar incesantemente durante un sinfín de años, se dieron cuenta de que ninguno de ellos podría implantar la supremacía de su progreso, y decidieron retirase separadamente a la selva a reanudar sus quehaceres habituales.
Los indígenas volvieron a dedicarse a hacer relojes, y la morisma, a falta de nada mejor que hacer, decidió fabricar aviones.
Y así transcurrieron varios siglos sin ninguna novedad que advertir en la senda del progreso de los pobladores y repobladores de aquellos lares, hasta que un buen día, Ben Huevón y Hoja de Coca, tataranietos de Kojón y Peyote, mientras jugaban a las canicas sobre el mismo precipicio que, hacía siglos, ya fuera testigo mudo de las primeras batallas por el progreso, advirtieron un gran yate blanco, de no menos de quinientos metros de eslora, acercándose hacia su costa. Rápidamente avisaron a todos los pobladores del continente, que se asomaron al barranco para apreciar con claridad quiénes eran aquellos nuevos visitantes.
Pronto pudieron diferenciar con claridad que una inmensa bandera de una rosa roja gobernaba el inmenso yate. No mucho más tarde pudieron reconocer con nitidez que vagos, maleantes y demás gentes de buen vivir se repartían por toda la embarcación.
Justo cuando la embarcación de la rosa roja alcanzaba la costa, los descendientes del progreso islamoindiano comenzaron a sentir un murmullo que, lentamente, terminó convirtiéndose en un ruido ensordecedor. Frases como “nuestra patria es la libertad” y “la democracia es lo que nos une” retumbaban con estruendo sobre la multitud allí congregada, y Huevón y Hoja de Coca, líderes actuales de aquellas tribus, intercambiaron sendas miradas de tristeza al entender, sin ningún género de duda, que el peligro que les acechaba acabaría con toda su civilización.
Ante el reconocimiento inequívoco de aquellos nuevos turistas, las hordas allí reunidas decidieron, con la mayor de las premuras, lanzarse al vacío desde lo alto del barranco. Era ésa, sin duda ninguna, la muerte más dulce a la que podían aspirar ahora.
Ben Huevón y Hoja de Coca quedaron como únicos y últimos representantes de sus respectivos pueblos, y esperaron con estoico valor a que se acercaran sus nuevos colonizadores. Una vez convencidos de que los visitantes estaban lo suficientemente cerca como para que les escucharan, se lanzaron al vacío, no sin antes despedirse, al unísono y a pleno pulmón, con un “¡viva España!”, muestra inequívoca de que, a pesar de todo, los putos amos seguían siendo los mismos.
