
Los rumores acerca de una invasión mafiosa se extendían como la pólvora en la península de Socialistia. Ante semejante amenaza, el rey Sandalio decidió encabezar una expedición de 300 socialistos para intentar frenar el avance de la marabunta mafiosa que pretendía someter a la sociedad socialista.
Los socialistos se dirigieron a las afueras de su capital, donde en un paraje solitario, escondido tras múltiples desfiladeros, se encontraba el Banco Central de Socialistia, con las reservas de oro y metales preciosos de todo el país.
Los guerreros socialistos iban perfectamente pertrechados con sus trajes de corbata, los hombres, y con sus burkhas en tonos oscuros –siguiendo las últimas recomendaciones del rey Sandalio-, las mujeres.
Sandalio ordenó a sus tropas que rodearan el edificio del Banco Central. De la perfecta unión y cohesión de todos sus guerreros dependía que ese piélago de mafiosos fracasara en su intento de someter Socialistia.
De repente, una marea humana se divisó en el horizonte. Las tropas mafiosas, compuestas por trileros, comisionistas, buscavidas, sacamantecas y demás competidores de los socialistos, comenzaron a colocarse en formación de ataque. Pertrechados de fajos de billetes de 500 Euros, contratos de propiedad falsos, dossieres de recalificación, talonarios de paraísos fiscales y demás armas de corrupción masiva, las huestes mafiosas eran encabezadas por sus guerreros de élite, el cuerpo de Notarios, mercenarios sin escrúpulos educados en la Universidad de Dostardes.
Con disciplina castrense avanzaba el ejército mafioso sobre el enclave de la resistencia socialista, poco a poco podía oírse con mayor claridad los gritos de guerra de los soldados mafiosos: “¡te lo compro!” “¡Lo mío es mío y lo tuyo también!” “¡Regálamelo!”.
El rey Sandalio exigió disciplina a sus tropas para evitar la gran debacle. Sin embargo, la tensión se podía palpar entre las tropas socialistas, era demasiada la presión a que se veían sometidos los socialistos de élite, agasajados por una cascada de sobornos y chantajes, así como por la embaucadora visión de tantos billetes de 500 Euros.
De repente, uno de los socialistos, brazo derecho de Sandalio, conocido como Pepito Papafritoulous, no pudo aguantar los envites de una batalla tan cruenta y rompió su formación para reunirse con los mafiosos al grito de “¡te lo vendo! ¡Te lo vendo todo!”.
Una vez que Papafritoulous se incorporó a las huestes mafiosas, confesó al líder mafioso cómo era la maraña organizativa que Sandalio tenía trazada para controlar Socialistia. Le admitió que las reservas del Banco Central, a pesar de pertenecer a los ciudadanos semilibres de Socialistia, eran administradas por Sandalio como si fueran suyas propias, por lo que la resistencia del rey socialisto sería terrible, a no ser que la cuantía de los sobornos superara la propia liquidez del Banco Central.
El rey mafioso, consciente de la envergadura de la batalla, se preparó para el ataque final. Sandalio, sabedor del fatal desenlace que el destino podía depararle, llamó a uno de sus más fieles guerreros, herido durante una refriega contra mafiosos chinos que querían cambiarle un yo-yo por mil monedas de oro y conocido por Míster Ypsilon, y, con la intención de no estigmatizarle, le encomendó dirigirse a la capital de Socialistia para que la Historia pudiera conocer lo heroica gesta que los socialistos pensaban acometer.
- Querido Ypsilon, id y contad a todos lo que aquí acontece. Recordad a los socialistos por qué aquí luchamos, por demostrar al mundo que a nosotros no nos quita el dinero ni la mayor plaga de mafiosos que los dioses osen enviarnos –espetó el rey Sandalio a Ypsilon antes de que marchara.
- Así lo haré, mi rey. Y para su mujer, la reina, ¿algún último deseo? –preguntó Míster Ypsilon.
- Tomad –respondió el rey mientras le acercaba una llave a su guerrero-, en el sótano del Banco encontraréis un camión volquete cargado con veinte toneladas de lingotes de oro. La reina sabrá entender cuál es mi último deseo –concluyó el rey.
- No os preocupéis, mi rey –afirmó Ypsilon.
Mientras Ypsilon se alejaba hacia el edificio, el rey le volvió a advertir: no te lo vayas a quedar todo, pedazo de kabrón. Tranquilo, mi rey, soy un socialisto –sentenció Míster Ypsilon-. Qué hijo de la gran puta –pensó el rey para sus adentros.
Finalizada la despedida, Ypsilon se subió al camión, se encendió un puro y puso rumbo hacia la polis socialista. Poco antes de arribar en el centro neurálgico socialista, Ypsilon descubrió una nueva ruta que se adentraba por un río de luces de colores. Ypsilon, agotado tras tanto guerrear, decidió parar a relajarse un poco. Un año después, el guerrero socialisto pudo, por fin, cumplir su misión, presentándose en la residencia de la reina cargado con una pepita de oro, que entregó a la reina mientras le explicaba lo acontecido en el Banco Central, sitiado bajo espeluznantes acciones de terrorismo psicológico, y la magra herencia que Sandalio le había dejado por culpa de las hordas mafiosas.
Recordadlo, eso fue lo único que me pidió –le dijo Ypsilon-. Menudo pedazo de cabestro –murmuró la reina.
La reina, encolerizada, reunió a todos los guerreros de Socialistia para enfrentarse con la lacra mafiosa. Una afrenta tal como robar a los propios socialistos no debía ser pasada por alto, podría acabar con toda su civilización.
Los guerreros socialistos, con sus trajes y sus burkhas, ataviados con maletines repletos de talonarios sin fondos, se dirigieron al combate.
El rey mafioso, habiendo agotado casi por completo su arsenal corruptivo en el trato que finalmente realizó con Sandalio, se sorprendió al comprobar que las tropas socialistas se le acercaban con ánimo batallador. Sin embargo, de repente comprendió la jugada maestra de Sandalio y sus soldados, a quienes había regalado una urbanización de lujo en las Bahamas a cambio del Banco Central y de su rendición.
No sólo le había engañado a él mismo, sino que había engañado a los propios socialistos.
Mientras, Sandalio, tumbado ya en una hamaca junto a sus 300 socialistos, mirando al mar, repetía una y otra vez: recordadme, sólo recordadme.