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Veraneo socialista

septiembre 30, 2007

El incesante vaivén de las olas impedía ver con claridad si, en la lejanía, asentada sobre sus crestas, se acercaba, una vez más, una nueva remesa de turistas circunstanciales, bendición progresista para los habitantes autóctonos que podían, por enésima vez, demostrar su solidaridad y civismo al mundo entero y, en particular, a España. Viva España!!!

Desde que hacía años el gobierno del presidente Sandalio creara las Patrullas Solidarias, los bañistas patrios habían cambiado radicalmente sus costumbres de veraneo. Tras llegar Sandalio a su cuarta mayoría ultraabsoluta, España se había convertido en un magma homogéneo de progresistas que pululaban por un mundo mejor, donde la solidaridad y el respeto habían sido impuestos de manera obligatoria y omnipresente por todo la geografía nacional a base de aniquilar al disidente.

Etarras, republicanocatalanes, socialistas y demás chusma progresista habían desarrollado, en la última legislatura del caudillo Sandalio, la implantación del cuerpo de patrulleros solidarios. Este cuerpo, mitad civil, mitad policial, mitad sodomita, había sido creado para dar respuesta al último compendio de Leyes por la Solidaridad aprobadas por Sandalio durante un célebre Consejo de Ministros celebrado en un local de promoción de la zoofilia sito en la que fuera una famosa catedral de la capital de nuestra gloriosa nación, España. Arriba España!!!

El paquete de medidas por la solidaridad aprobado aquel aciago día pretendía desarrollar las ansias de ayuda y cooperación de la población progresista española con respecto a las incesantes oleadas de inmigrantes que llegaban de todas partes del mundo al célebre país que, hacía ya muchos siglos, había llegado a controlar desde Castilla todo el orbe planetario

A pesar de la superpoblación que sufría España, los súbditos de Sandalio querían más. Por eso, con la intención de solucionar los problemas de integración de los inmigrantes, el líder de los socialistas y sus ayudantes impusieron, bajo pena de cadena perpetua, que los bañistas que socorrieran a cualquier inmigrante que naufragara en nuestras costas debería hacerse cargo del hospedaje y la manutención del susodicho neoturista por un periodo no inferior a los cinco años. En caso de ser mujer, ese periodo se ampliaría automáticamente a cincuenta años y, en caso de ser homosexual, el cuidado se alargaría de por vida.

Los veraneantes españoles, mostrando el inconfundible cuño de la solidaridad en clave izquierdista, habían mudado sus hábitos de baño para demostrar al mundo entero su calidad humana. Desde hacía ya varios veranos era costumbre, en vez de tomar el sol, tomar la luna. Convertirse en indetectable para las Patrullas Solidarias se había elevado a categoría de deporte nacional.

Este cuerpo de elite progresista estaba formado por hombres y mujeres que estaban dispuestos a dar su vida al Progreso a cambio del reconocimiento que un decena de miles de euros mensuales les proporcionaba. Contaba con la última tecnología en radares especialmente diseñados para la detección de blanquitos socialistas, así como artillería pesada para evitar brotes cruentos de insolidaridad.

Siguiendo las más elementales normas de Progreso, el trabajo de campo de estos grupos de vigilancia era realizado por los hombres. Para evitar la discriminación de la mujer, éstas cobraban el doble de sueldo y podían efectuar su trabajo en casa.

Bajo la tenue luz de una luna en cuarto menguante, parapetado tras una duna, uno de tantos grupos de bañistas socialistas susurraba el que parecía ser un decidido plan para aplicar las leyes de la solidaridad a sí mismos. El grupo, capitaneado por l@s señor@s de la Verga y Nabona, había decidido internarse esa misma noche hacia la inmensidad del océano. Provistos de unos cuantos tableros de madera y de otros tantos ramilletes de perejil y perifollo, comenzaron a nadar mar adentro.

El día siguiente amaneció despejado, bajo un sol radiante que permitía una visibilidad excelente del entorno costero. Uno de los acorazados oruga del servicio de Patrullas Solidarias fue el primero en reconocer un grupo de náufragos a no mucha distancia de la playa. El teniente Tiburcio, ayudado de un catalejo de fabricación mozambiqueña, pudo ver con detalle cómo aquel grupo, apoyado sobre maderos y con lo que parecían ser algas enredadas sobre sus cabezas, se dirigía de manera rápida y precisa hacia la playa.

Tiburcio, tras observar con detenimiento al grupo, dio parte inmediato al tanque de servicio más cercano. Pasados unos pocos minutos, el blindado se encontraba ya en la playa donde aquel grupo pretendía desembarcar.

El teniente, habiendo observado que aquella gente pertenecía a la España hetero e imperial de toda la vida, no dudó en la decisión a tomar. Para blanquitos sin taras, las Leyes de la Solidaridad eran inequívocas.

El cañón del tanque comenzó a girar apuntando sobre aquellos socialistas que, a nado, tan sólo venían clamando por un poco de solidaridad. Su futuro como plancton progre serviría para reafirmar el grado de Progreso alcanzado bajo el auspicio del inefable Sandalio.

Crack

septiembre 9, 2007

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