Archivar como 30 mayo 2011

Democracia en primavera (I)

mayo 30, 2011

Las calles del barrio aparecían desiertas, como despertándose de un holocausto nuclear. Sólo una carpa de grandes dimensiones, que ocupaba la plaza principal del barrio, estaba atestada de gente, arremolinada entre ordenadores y timbales.
El zumbido de los generadores de gasoil, tan de moda en los últimos tiempos, tejía un manto sonoro que cubría el vecindario desde el primer al último asambleísta. La banda sonora de la democracia real podía escucharse a todas horas, era la llama prendida que recordaba que las acampadas seguían vivas.

Habían transcurrido ya muchos meses desde que Dolores llegara a su primera acampada. Desde entonces había pasado a ser parte integrante de la democracia misma, acomodando su espíritu revolucionario en las primeras comisiones feministas. La democracia así lo requería.
Pocas semanas después de la implantación efectiva de la democracia real había tenido lugar una asamblea on-line de carácter local/nacional/internacional en la que se trató el neofrikismo feminista. Aquella asamblea fue un éxito.
Como consecuencia de aquella asamblea, en la actualidad, los grupos de trabajo feministas, inspeccionados por la comisión mundial feminista, se ocupaban de aplacar la ansiedad sexual de cualquier varón que precisara de su ayuda. Era fundamental anular ese impulso animal en los hombres para impedir que el machismo ensuciara la sociedad de todos y todas. Trabajando en grupos de a dos, las feministas pretendían así transmitir una cierta aura de espiritualidad en su desempeño laboral, una especie de ying y yang hembrista. Es decir, una la chupaba y otra la cascaba.

Un camino similar había llevado a Fidel a la portavocía de la Comisión de Economía y Cerveza Fría. Fue durante una de las primeras asambleas de Sol, junto con un grupo de sabios, donde se gestó la idea de las ENGs, Empresas No Gubernamentales, que se habían convertido en la piedra angular sobre la que se asentaba el desarrollo económico de la democracia real. Un exitoso caso de derrota absoluta de los mercados y de triunfo de la ciudadanía.

- Sería bonito alcanzar el consenso -dijo Dolores.

- ¿En la asamblea o en la comisión? -pregúnto Fidel.

- En ambas, la democracia está en juego.

- Habrá que hacer más propuestas, no podemos quedarnos callados.

- Tienes razón, busquemos al portavoz.

- Allí hay uno, junto a aquel grupo de trabajo.

Y así, de la misma manera que en aquella primavera revolucionaria brotaba la democracia en las plazas, surgió el amor entre asamblea y asamblea. La democracia real comenzaba a dar sus frutos.

#acampadasol: el triunfo de la democracia

mayo 21, 2011

Los primeros rayos de sol  arañaban ya la plaza, y comenzaban a dibujar en ella la herencia de unos tiempos de cambio, de revolución, de democracia. Podían distiguirse ya, entre ese mosaico de progreso, las primeras formas humanas, pertenecientes al pueblo de los demócratas, los últimos supervivientes que daban fe de la victoria de la voluntad del pueblo, del triunfo de la democracia.

Los accesos a la plaza ya habían sido debidamente reconvertidos. Desde Fuencarral desembocaba en la plaza un río de tierra proveniente del cafetal que ahora constituía la calle. La democracia había conseguido que se realizara un comercio justo con las habitantes de la calle Montera. Una putada, según algunos. La democracia no opinaba igual.

La calle Mayor estaba ahora presidida por la universidad. La Universidad de la Democracia, también conocida como la universidad de la calle, se asentaba ahora sobre un nuevo edificio de planta baja construido con cañas y barro, y continuaba albergando a varios cientos de catedráticos.  La enseñanza  pública y de calidad, aun sin alumnado, seguía siendo uno de los pilares sobre los que se asentaba la democracia. Era un principio inherente al sistema.

Aquella primavera en que la brisa de la libertad acariciaba las asambleas de la plaza, inundando de democracia a los acampados, a la sociedad, al mundo, nunca nadie imaginó que la democracia real realmente consiguiera llevar a cabo sus objetivos. Aquella primavera en que jugábamos al fascinante juego de la de democracia 2.0, donde las flores de la democracia brotaban en cada plaza, en cada pueblo,  nadie reparó en que las palabras pueden crear nuevos mundos, pero los nuevos mundos no se hacen sólo con palabras. Aquella primavera en que la política parecía querer acorralarnos, muchos indignados no querían aceptar que la política no podía hacerlo todo.

Así las cosas, el centro de la plaza había quedado convertido en una asamblea permanente dedicada a la discusión democrática. Recientemente había sido adoquinada con fajos de billetes de 500 euros, como formando la lápida de un banco, escenificando el triunfo de los derechos de todos. Y era allí, sobre un manto de dinero ya inútil, donde los más viejos del lugar recordaban con orgullo y satisfacción la única vez que asambleas y asambleístas, portavoces e indignados, comisarios y coordinadores, mostraron total unanimidad en una propuesta. Ocurrió en los ya lejanos tiempos de las acampadas por la democracia real. En aquellos días parecía que la democracia real iba a ser derrotada, pero una mezcla de ingenio y progreso, ante la escasez material y el superávit de democracia, consiguió aprovechar un apartado de la democrática ley de muerte digna, y se aprobó un suicidio colectivo para salvar la democracia. No hubo duda, todo el mundo prefirió morir dignamente a morir malamente. Sólo unos pocos demócratas debían quedar para escribir en los libros de historia que la humanidad nunca abandonó la democracia. Era una cuestión de supervivencia del Bien, de derrota de los mercados, de derecho a una vida digna.


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