
En el exterior del edifico podía escucharse un ruido atronador, sólo silenciado por el roce contra el asfalto de toneladas de bonos basura, que se dirigían ya a conquistar el cetro económico mundial, Wall Street. Las divisas mantenían en su interior una batalla de proporciones argentinas, dibujando en el aire millones de curvas de tipo de cambio, en una auténtica espiral de intercambios camino de la paridad global.
No muy lejos de allí los mercados movilizaban sus huestes para afrontar otra crucial batalla: un destacamento de monedas de céntimo de Euro tenía sitiada la Reserva Federal. Ante semejante bravuconada fiduciaria, el gobernador planeaba una contraofensiva a la deseperada, pero ya ni siquiera las imprentas de papel moneda estaban bajo su control. Los billetes se habían unido a la revolución.
Al otro lado del Atlántico, los swaps, el cuerpo de operaciones especiales del Kapital, hacía ya tiempo que había arrasado con el BCE. El Euríbor se convirtió en un desertor más, participando con orgullo neoliberal en la masacre del Kapital contra el kapitalismo.
Los últimos supervivientes se habían refugiado en Atenas, donde la deuda había sido desprovista de su perversa carga pecuniaria, y era sometida a continuos debates acerca de su conceptualización democrática. En aquel pozo de sabiduría la llama de la esperanza seguía prendida.
Eran tiempos de barbarie, el dinero sustituía a los banqueros, y los políticos -paradójicamente- eran perseguidos por el dinero. El Kapital no daba tregua.